Escola de Cultura de Pau
La educación para la paz y la convivencia, un proyecto de centro
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¿Cómo respondemos a los conflictos en el aula?

¿Cómo enfrento los conflictos interculturales?

¿Qué podemos hacer cuando hay un alumno marginado?

¿Qué podemos hacer cuando hay un alumno que no deja hacer clase?

¿Cómo incorporar los contenidos de la educación para la paz en nuestra asignatura?

¿Cómo podemos mejorar la convivencia?

¿Cómo organizamos las normas de convivencia?

¿Cómo elaboramos el plan de acogida?

¿Cómo organizo el aula?

¿Cómo aprovechar los tiempos de tutoría?

¿Cómo aprovecho los espacios informales del centro?

¿Cómo mejorar la coordinación y el trabajo en equipo con los compañeros de claustro?

¿Cómo organizamos nuestro tiempo?

¿Cómo implicar a las familias en el proyecto educativo?

¿Cómo hacer que los alumnos participen?

¿Vale la pena hacer actos y actividades por la paz?

Qué podemos hacer para ayudar a los alumnos a ser personas felices, críticas, autónomas y responsables?


Qué podemos hacer para ayudar a los alumnos a ser personas felices, críticas, autónomas y responsables?

¿A qué modelo educativo aspiramos? ¿Para qué educamos? ¿Qué tipo de personas estamos formando? Para formar personas felices y comprometidas con lo que las rodea, debemos fomentar habilidades como el espíritu crítico, la autonomía o la responsabilidad.

Para responder estas preguntas tenemos que cuestionarnos, en primer lugar, qué modelo educativo buscamos. ¿La escuela debe ser un espacio de enseñanza en el que se transmiten conocimientos, valores, habilidades etc. de forma unidireccional, y en el que el grueso de la acción educativa recae sobre el profesorado? ¿O tal vez debe ser un espacio de aprendizaje donde el alumnado juega un papel mucho más activo?

La educación del siglo XXI tiene que priorizar el protagonismo del alumnado en su aprendizaje, puesto que de este modo podrá ser autónomo y responsable. Haciendo una analogía con el dilema chino del pez y la caña (se puede considerar que es más provechoso enseñar a pescar que ofrecer peces), podemos concluir que la educación debe tender no tanto a la transmisión de conocimientos, como a la motivación y capacitación del alumnado para el aprendizaje.

De buen comienzo puede parecer que apostar por la felicidad, la autonomía o el espíritu crítico y la responsabilidad de los alumnos, son tareas que caen fuera de las competencias del profesorado. Sin embargo, es conveniente recordar que incidir en estos aspectos es una forma de contribuir al desarrollo global de las personas, aquello que en diversos informes sobre la educación de la UNESCO se ha llamado “aprender a ser”.

“Todos los seres humanos deben estar en condiciones, en particular gracias a la educación recibida en su juventud, de dotarse de un pensamiento autónomo y crítico, y de elaborar un juicio propio, para determinar por sí mismos qué tienen que hacer ante las diferentes circunstancias de la vida.”
La Educación encierra un tesoro, informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. (compendio), Ed UNESCO, 1996. p. “la educación para el siglo XXI”

1. Fomentar un alumnado feliz: esto significa, a nivel de aula, motivarlo para aprender, por encontrar interés en las cosas, y por ir a la escuela. Con todo, en un escenario a más largo plazo, una ciudadanía feliz puede ser aquella que valora lo que tiene, y que se implica en cambiar lo que valora negativamente. Aquella que sabe priorizar la calidad de lo que posee por encima de la cantidad de lo que tiene.
¿Cómo? Motivando para aprender. Este hecho está relacionado con la manera de proponerle al alumno la adquisición de conocimientos; dicho de otro modo, la metodología de la enseñanza-aprendizaje que utilizamos condiciona la motivación del alumnado. Es más fácil motivar a través de una metodología activa, que convierte al alumno en protagonista del propio aprendizaje, que hacerlo con una metodología pasiva, en la que el alumno puede perder fácilmente el hilo del proceso.
- Velar por dar un ritmo ameno a las sesiones, que responda a la capacidad de atención del alumnado.
- Efectuar una buena escucha, para darnos cuenta de cuando pierden el hilo.
- Proponer diversas actividades para profundizar en conocimientos determinados y garantizar así su interiorización.
- Organizar actividades didácticas desde la interacción social, y aprovechar las posibilidades de aprendizaje entre iguales.

Garantizando un clima acogedor, de reconocimiento, estima, confianza y apoyo mutuo en el aula. A todo adolescente le gusta estar entre iguales, encontrar un buen lima afectivo será una gran motivación.
- Velar por la formación de grupo: garantizar un buen plan de acogida, hacer dinámicas grupales en la acción tutorial, crear espacios –a través de asambleas periódicas- en los que debatir los conflictos y preocupaciones del grupo, etc.
- Trabajar por una buena convivencia en el centro.

Valorando en positivo lo que tenemos:
- Favorecer la estima hacia uno mismo y los demás, entre el alumnado y el equipo docente.
- Reconocer los aspectos positivos de cada alumno.
- Hacer entender que el valor de las personas no depende de las posesiones que tienen.
- Reflexionar sobre el consumismo irresponsable.

2. Educar en la capacidad crítica: para tener una opinión propia de lo que nos rodea, es necesario tener conocimiento de las cosas y capacidad de análisis para comprender las causas que las provocan y las consecuencias que de ellas se desprenden. Esta capacidad puede ayudar a analizar los conflictos (los actores implicados, el proceso del conflicto y sus causas) tanto a nivel de relación con los compañeros, como a nivel de conflictos sociales, o incluso de conflictos armados.
¿Cómo? Enseñando al alumnado a ser capaz de relacionar los nuevos aprendizajes con otros ya adquiridos y hacerle entender que las cosas, muy a menudo, son interdependientes y tienen una doble dimensión local/personal, y a la vez global .
Según los criterios descritos por JP LEDERACH (El ABC de la paz y los conflictos, La Catarata, Madrid, 2000). (El ABC de la paz y los conflictos, La Catarata, Madrid, 2000).

Explicitando los valores desde los que se educa: ningún alumno/a, ningún profesor/a, ni ningún modelo educativo es neutral; cada persona transmite un modo concreto de percibir y entender el mundo. La educación para la paz reivindica que el profesorado se posicione abiertamente de acuerdo con los valores de la escucha la comprensión, la cooperación, la estima, el diálogo, el pacifismo o los derechos humanos, y que, a su vez, de forma coherente, tome posición en contra de otros como la intolerancia, la competitividad, el militarismo o las injusticias. Los valores de la educación para la paz pueden transmitirse tanto a través de la relación que se establece con otras personas, como a partir de los contenidos que se imparten, la metodología utilizada, o las estructuras del aula y el centro educativo.

Conociendo los distintos puntos de vista: en todo conflicto existen tantas percepciones como personas implicadas en él. Por ello es importante propiciar un espíritu abierto, mediante el trabajo de la capacidad de escucha y el conocimiento de los argumentos de aquellas personas con opiniones diversas a la nuestra. Algunas técnicas como los comentarios de texto, el barómetro de valores, los debates, o los juegos de rol, entre otros, son especialmente adecuados para favorecer este punto.

Haciendo un análisis crítico de los medios: si queremos formar personas críticas, los medios de comunicación, como poderosa institución de creación de opinión que son, merecen una atención especial.
- Comparar las distintas versiones de las mismas noticias, a partir de artículos de periódicos con puntos de vista alejados.
- Analizar cuáles son los temas de los que más se habla, y cuáles son aquellos que casi nunca son noticia (analizar los valores que transmiten aquellas personas entrevistadas; contabilizar los datos de un mismo periódico durante un período determinado y observar si existe alguna desigualdad en términos de proporción hombres/mujeres; determinar el tipo de salario que perciben las personas entrevistadas; fijarse en la proporción de noticias que se refieren a temas de la sociedad civil, etc.)

3. Hacer personas autónomas: la autonomía, entendida como la capacidad de las personas de regirse por sí mismas, puede considerarse desde diversos puntos de vista: la autonomía de hecho, entendida como aquella facultad de actuar de forma independiente; o la autonomía moral, es decir, la facultad de tomar decisiones de acuerdo con los propios valores. Las vías para facilitar la autonomía del alumnado pueden tomar, en consecuencia muchas formas distintas.
¿Cómo? Reforzando las habilidades del grupo (provención), además de las de cada persona que lo forma, a partir de las propias capacidades: el empoderamiento, entendido como el reconocimiento de las propias bases de poder, los puntos fuertes de cada uno/a, etc.

Metodológicamente, la autonomía de las personas puede potenciarse utilizando metodologías participativas mediante las cuales el alumnado ponga en práctica sus habilidades. Debemos tener presente que la escolarización en el centro conlleva que el alumnado conviva durante muchas horas, cosa que no podemos desaprovechar para fomentar el aprendizaje entre iguales.

Educar para la obediencia crítica: otra forma de promover la responsabilidad, muy relacionada con el concepto de autonomía, es la educación para la obediencia crítica. Un alumnado crítico y autónomo debe ser capaz de interpretar las normas y de entender hasta qué punto éstas pueden ser flexibles o no. Un alumnado crítico, autónomo y responsable tiene que saber reconocer cuando una norma contradice suficientemente sus valores como para no obedecerla.
Esta invitación a la obediencia crítica puede parecer polémica en un contexto, la escuela, en el que se percibe la pérdida de autoridad del adulto. Debemos entender, sin embargo, que defender la obediencia crítica no quiere decir espolear la desobediencia indiscriminada a las normas, sino que se basa en un elevado concepto de su valor. El punto de partida es, pues, considerar que las normas son necesarias y que se deben respetar como aquello que son, un instrumento regulador de la convivencia de los grupos. Ahora bien, si una norma atenta contra los valores más enraizados en la persona, es legítimo hacer objeción de conciencia y desobedecerla. Es importante remarcar, no obstante, que la responsabilidad de las personas en un acto de desobediencia no se limita al hecho de desobedecer, sino que se hace extensiva a la asunción de las consecuencias del acto desobediente.
Para ser más precisos, cuando una persona decide desobedecer una norma por motivos de conciencia, debe ser capaz de argumentar su reacción, asumir la responsabilidad de las consecuencias que puede tener tal desobediencia, y plantear alternativas a la situación a la que desobedece.

4. Hacer personas responsables: El espíritu crítico también debe aplicarse sobre uno/a mismo/a, y la capacidad de autonomía no nos debe impedir ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. Cada persona debe preguntarse de qué es responsable, en qué su actitud y sus hábitos influyen sobre las personas que la rodean, sin olvidar preguntarse sobre los problemas estructurales mundiales. La responsabilidad puede definirse como el hecho de tener conciencia de las consecuencias que generan nuestros actos, así como la capacidad de actuar para minimizar sus efectos negativos.

En el trabajo en equipo, la responsabilidad toma una doble dimensión: por un lado tenemos que asumir nuestras responsabilidades, y por otro, tenemos que poder confiar en que el resto de personas asumirán las suyas. La responsabilidad (tanto la nuestra como la del resto del grupo) se tiene que trabajar en paralelo a la confianza (saber ganarnos la confianza de las demás personas, y saber confiar en ellas).
¿Cómo? Utilizando metodologías participativas que promuevan que el alumnado gane habilidades para ser crítico y responsable.

Trabajando en equipo con un reparto claro de tareas entre el profesorado, y sacando provecho de las metodologías de aprendizaje cooperativo.

Educando para la acción: la educación para la paz otorga mucha importancia a la necesidad de hacer proposiciones, y de vincular la reflexión con el compromiso personal. Para hacerlo es importante que cada vez que reflexionemos sobre una situación que va contra nuestros valores (la marginación de un/a alumno/a en el aula, el racismo, los desequilibrios económicos o los conflictos armados), acabemos la reflexión con, en primer lugar propuestas sobre qué podemos hacer para cambiar la situación, y en segundo lugar, una reflexión individual para que cada persona decida cuál será su compromiso para modificar la situación. Si queremos que el vínculo entre reflexión y acción sea efectivo, es imprescindible que las propuestas sobre qué hacer estén al alcance del alumno/a, a saber, que partan de sus hábitos cotidianos.
El aprendizaje servicio es una propuesta para fomentar la implicación del alumnado con su entrono, y pasar de la reflexión a la acción. Encontraréis ejemplos de experiencias positivas de aprendizaje servicio en: http://www.aprenentatgeservei.org
Seminario Galego de Educación para a Paz, Educar para desaprender la violencia, Madrid, 2005. Además de los conflictos armados y la construcción de la paz, este libro trata sobre el papel de los medios de comunicación en la cultura de la violencia. Las numerosas actividades que incluye invitan a un análisis crítico de los medios.
BARCOS, Jesús, La arquitectura de las palabras,Arquitectos sin fronteras, Barcelona, 2005. Este libro, que revisa el poder manipulador de las palabras, es una buena herramienta para fomentar el análisis crítico de los medios. A partir de textos cortos y poéticos, aborda temas como la guerra, el terrorismo, el desarrollo desigual, etc., y denuncia los eufemismos más graves. Ellibro está editado en castellano, y la página web Arquitectura de las Palabras publica los textos en castellano y catalán. Esta web, a demás, invita a hacer aportaciones a raíz de las reacciones que surjan al leer los textos.

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