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Turquia post-Suruç: ¿fin del proceso de paz y vuelta a la guerra?

Ana Villellas, Investigadora de la Escola de Cultura de Pau, Universitat Autònoma de Barcelona.
Directa.cat

Versión traducida al castellano del artículo publicado en catalán en La Directa el 29 de julio de 2015.

El atentado del 20 de julio contra el centro cultural Amara en Suruç ha desencadenado una grave escalada de tensión política y militar entre Turquía y el PKK. La secuencia posterior incluye represión de la policía turca de protestas sociales, asesinatos de varios policías por parte del PKK a modo de represalia, macrodetencions de sectores del movimiento kurdo y bombardeos del Ejército turco contra el PKK en Iraq así como contra al menos una localidad kurda en el norte de Siria. Se trata de la peor crisis desde la escalada de 2011-2012 tras el fracaso del diálogo de Oslo. La actual crisis ha supuesto la ruptura de la tregua declarada por el PKK en 2013 y apunta al fin del proceso de paz, con el riesgo de una vuelta a una etapa de guerra abierta entre Turquía y el PKK, aún más compleja ante un tablero regional que se proyecta sobre el conflicto kurdo en Turquía y viceversa. El proceso de paz, conocido como el Proceso de Imrali, llevaba meses moribundo y tras la escalada post-Suruç repararlo costará mucho más.

El diálogo de paz se encontraba muy deteriorado desde febrero, afectado por una falta crónica de voluntad política y visión estratégica de Turquía sobre la solución a la cuestión kurda local. A esto se une incertidumbre política en Turquía tras las elecciones parlamentarias del pasado mes de junio, con un posible escenario de elecciones anticipadas. Asimismo, el contexto se ve influido por la sirianización de la cuestión kurda. Las posiciones locales en Turquía están muy marcadas por la evolución en el país vecino, en este caso con un PKK regionalmente fortalecido y volcado en Siria con su primera experiencia histórica de autogobierno directo sobre los principios de autonomía democrática y, por otra parte, un AKP obsesionado con evitar o debilitar esa autonomía en expansión –así como con la caída del régimen de Assad–, frente a un perfil hasta ahora bajo y ambiguo de Ankara en relación a la coalición internacional y la lucha contra ISIS.

Tras Suruç, Turquía ha iniciado una campaña más activa contra ISIS: ha llevado a cabo por primera vez bombardeos aéreos contra el grupo, ha puesto en marcha detenciones y nuevas medidas en la frontera, ha alcanzado un acuerdo con EEUU para el uso internacional de sus bases militares, y ha convocado reunión de la OTAN. De manera significativa, el acuerdo podría incluir algún tipo de zona de seguridad al otro lado de su frontera, medida que Turquía llevaba tiempo requiriendo internacionalmente y que la coalición descartaba. La petición siempre ha causado recelos entre los kurdos de Siria y Turquía por los riesgos que comporta para su autogobierno en Rojava.

Por todo ello, hay voces que señalan que el aparente giro de Turquía hacia una posición de asertividad contra ISIS es también, o principalmente, una campaña estratégica contra el PKK y sus actores próximos en Siria; a la vez que una manera de mostrar músculo militar ante unas más que probables elecciones anticipadas en que el AKP podría recuperar votos como partido de “ley y orden” frente a un contexto de disturbios; y, finalmente, un intento de mejorar su devastada imagen internacional por su fallida política en Siria.

El PKK y el movimiento kurdo han calificado la nueva deriva como de inicio de una nueva guerra de Turquía contra los kurdos. A su vez, el retorno del PKK a asesinatos de represalia le resitúan como grupo armado con capacidad de desestabilización. Está por ver cuál será su estrategia en las próximas semanas y meses y cómo rearticulará el movimiento social y político kurdo –que en los últimos años ha priorizado la lucha política, la desobediencia civil y el diálogo de paz– su discurso y siguientes pasos. Todo ello a la espera de las orientaciones que proponga su líder Abdullah Öcalan. Por ahora las señales apuntan a una etapa de vuelta a la violencia más que a un pulso breve, con todo lo que ello implica de impactos en seguridad humana y dificultades para una solución negociada.

El proceso de diálógo de Imrali antes y después de Suruç

Si el proceso de paz estaba moribundo cuando se produjo el atentado en Suruç, las perspectivas son ahora peores. El llamado proceso de Imrali, sucesor del anterior de Oslo y con un formato que por primera vez reconocía públicamente a Öcalan como interlocutor válido, se inició a finales de 2012 con impulso y optimismo no exento de amenazas –por ejemplo, se produjo el asesinato de tres mujeres muy significativas del movimiento kurdo en París en enero de 2013–. El PKK declaró un alto el fuego unilateral en marzo de 2013, respondido en buena parte por el Gobierno de manera tácita. Se activaron las reuniones entre el Estado y Öcalan con participación de una delegación de parlamentarios kurdos; se asistió a un cierto cambio de retórica y se dio inicio a una hoja de ruta concebida en tres fases: retirada de guerrillas, democratización y normalización.

De fondo, las cuestiones fundamentales a discutir continuaban siendo las mismas de las etapas anteriores: derechos y libertades en el ámbito cultural –incluyendo educación en lengua materna–, económico, social y político; autogobierno; Desarme, Desmovilización y Reintegración; fin de la violencia y cuestiones de seguridad. Y de manera creciente demandas específicas y transversales en clave de género por parte del movimiento kurdo, impulsadas por el movimiento de mujeres kurdas. No obstante, el proceso se veía afectado por falta de confianza, discrepancias sustantivas y fragilidad en el propio proceso y metodología. Así, la retirada inicial de las guerrillas del PKK se paralizó en septiembre de 2013, entre acusaciones mutuas de incumplimiento de las medidas acordadas en esa primera y segunda fase.

Siguió una etapa de diálogo errático e incipiente, con avances y retrocesos entre 2014 y principios de 2015, sin lograr pasar a una etapa real de negociaciones, en un contexto afectado también en esos años por la crisis política y social en Turquía, el ciclo electoral turco y la crisis regional. Entre los avances, se puede señalar la propia continuación del canal de comunicación, el marco legislativo de julio de 2014 que autorizaba al Gobierno la toma de medidas relativas al proceso (por ejemplo, un futuro DDR), la ampliación de la delegación kurda en el esquema de diálogo –especialmente con la luz verde a inicios de 2015 de Turquía a la participación directa de una representante del movimiento kurdo de mujeres, tras largas reticencias del Gobierno– o las discusiones sobre nuevos mecanismos locales para reforzar el diálogo. Entre los riesgos y obstáculos, sobresalía la falta de confianza crónica entre el Estado y el PKK, agravada en muchos momentos, como con la crisis de Kobane o con la salida del responsable de los servicios de inteligencia (MIT) Hakan Fidan. Tampoco ayudaban las dudas sobre el grado de voluntad política real de Turquía y sobre su visión de solución al conflicto; la fragilidad de procedimientos y mecanismos –agravada por la negativa de Turquía a facilitaciones externas en el proceso–; la divergencia de posiciones en temas sustantivos; las diferencias en cuanto a intereses estratégicos regionales; y la proyección de la crisis de Siria en las negociaciones, especialmente por la indiferencia de Turquía ante el cerco de ISIS a Kobane, o las demostraciones de fuerza del PKK en el sudeste y los graves disturbios de octubre, entre otros.

Son obstáculos que siguen presentes y a los que se ha unido al largo de 2015 una evolución preocupante del proceso. La comparecencia conjunta en febrero de 2015 en el palacio de Dolmabahçe de los miembros de la delegación kurda Sırrı Süreyya Önder y Pervin Buldan y del viceprimer ministro turco Yalçın Akdoğan y del ministro de Interior Efkan Ala –en que Önder leyó una declaración de diez puntos de Öcalan implícitamente respaldada por el Gobierno y que debería haber marcado el inicio del paso a negociaciones– quedó totalmente desautorizada poco después por uno de los principales ideólogos del proceso de diálogo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, quien también negó la existencia de acuerdos sobre nuevos mecanismos como una futura comisión local de supervisión del proceso. Erdogan volvió a la retórica pre-2005 de negativa de existencia de la cuestión kurda a exigir al PKK deponer las armas como paso previo a cualquier medida del Gobierno. Es decir, continuos pasos atrás.

Mientras, Öcalan había instado en marzo de 2015 al PKK a un congreso sobre el fin de la actividad armada en caso de que se lograse acuerdo con Turquía sobre los principios básicos. El PKK planteó como condiciones para el fin de la lucha armada el inicio de negociaciones sobre la base de los diez artículos de la Declaración de Dolmabahçe, la creación de un comité local supervisor, una comisión de verdad bajo paraguas parlamentario y un proceso de diálogo encaminado a una nueva Constitución democratizadora. Asimismo, señalaba el fin del aislamiento de Öcalan como línea roja. Y diferenció entre paralizar la actividad armada en Turquía –meta asumible para el PKK como fase final de unas negociaciones– y deponer las armas, opción que descartaba ante el contexto regional. Así, en plena carrera electoral, con todas las encuestas apuntando a un incremento del voto al HDP, el aún frágil e incipiente proceso de diálogo comenzó a desmantelarse. La frecuencia de los permisos a la delegación kurda para visitar a Öcalan también se ralentizó y el diálogo llegó a quedar prácticamente en punto muerto. La escalada de incidentes de seguridad contra el movimiento kurdo en el periodo prelectoral y postelectoral contribuyó a enrarecer el ambiente y aumentar los recelos kurdos hacia el AKP.

Así, los hechos de Suruç y la escalada posterior auguran el fin temporal del proceso de paz. El alto el fuego era uno de los pocos logros que se sostenían en el proceso, pero en el con texto actual ya ha sido dado por acabado por el PKK. Una nueva guerra abierta entre Turquía y el PKK con el trasfondo de Siria y de las transformaciones en la propia Turquía y en el movimiento kurdo puede implicar un conflicto armado con más riesgos de desbordarse y mayores obstáculos para reconducirlo a marcos de negociación. Pocos días antes de Suruç el movimiento kurdo seguía insistiendo en la necesidad de reimpulsar el proceso. La comunidad internacional –signifique lo que signifique– haría bien de disuadir a Turquía de esta nueva campaña de guerra contra el PKK y el movimiento kurdo. A su vez, el movimiento kurdo tendrá que sopesar muy bien cada uno de sus pasos, y eso incluye sopesar el uso de la violencia. No hay salida fácil en el nuevo escenario.

Ana Villellas es investigadora de la Escola de Cultura de Pau

Puede leer el artículo original en catalán en la web de La Directa.

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