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Que no paguen justos por pecadores.

Vicenç Fisas, Director de la Escola de Cultura de Pau, Universitat Autònoma de Barcelona.
Diario Ara

Una de las consecuencias de los atentados de París ha sido el interrogante de si algunos de los autores de las masacres, o de otros atentados que se puedan producir en el inmediato futuro, podrían ser terroristas del Estado Islámico camuflados entre los centenares de miles de personas que han huido de Siria y otros países en conflicto, debido al descontrol producido por la entrada masiva de población refugiada, especialmente en el primer punto de recepción, Grecia, un país de la Unión Europea. Como comentaré después, la Unión Europea fue incapaz de organizar un mecanismo rápido y efectivo de control e identificación de todas las personas que llegaban a sus playas, a fin de concederles el estatus de refugiadas, combinando el necesario control, por motivos evidentes de seguridad, con la rápida tramitación de los papeles para enviarlos, con transporte digno, a los lugares de destino final. Han sido necesarios estos trágicos acontecimientos, para darse cuenta de la tremenda ineficacia en cuanto a la vertiente humanitaria, y la falta de prevención en cuanto a la seguridad.

Hemos tenido que esperar a que la mismísima ONU denunciara, a través de su Alto Comisionado de Derechos Humanos, y con meridiana claridad, la actitud inhumana y contraria a las leyes humanitarias de algunos países europeos, que han puesto todas las trabas posibles para que esa marea desesperada de mujeres, hombres, niños, ancianos e incluso discapacitados, que han perdido sus casas y han destruido sus ciudades, y ante la imposibilidad de un retorno a sus hogares, quizás de por vida, vaguen como mendigos por los países europeos, con destinos inciertos y rutas cambiantes por la negativa de darles paso, que no cobijo permanente, negándoles el derecho a subsistir y a sobrevivir, porque ya antes se les negó un éxodo con dignidad, ante la mirada asombrosa de europeos de buena fe y sentido de humanidad, que cada día ven las imágenes terribles de personas y criaturas ahogadas en las travesías, gente de edad muerta de frio, mojada por la lluvia, cayendo en el fango, sin enseres, tratados con desprecio por mandatarios, políticos, militares y personas miedosas o con mentalidad xenófoba, sin derecho a la hospitalidad, al buen trato, al acogimiento temporal, como si fueran animales infectados y portadoras de peste. Sería muy didáctico que los medios de comunicación insistieran en explicar a los europeos la cantidad muy superior de población refugiada que han tenido y tienen muchos países empobrecidos del continente africano y asiático.

Una parte de Europa y de los europeos están mostrando la faz más terrible de su naturaleza, que no puedo ni calificar de humana, por el nivel de insensibilidad y de falta de reacción temprana ante una dinámica ascendente, perfectamente previsible en cuanto a su magnitud, desde los primeros desembarcos a Grecia e Italia, dos países abandonados a su suerte, que con su pan se lo coman, y si no, Dios proveerá, como si no fuera un desafío conjunto, una prueba de si esa Europa tan glorificada, y esa Unión Europea con su reciente Premio Nobel de la Paz, no pudiera afrontar ese desafío provocado por los conflictos armados que no hemos sabido gestionar. Qué vergüenza de Europa, con la mayoría de sus dirigentes, con notables excepciones, regateando cupos a la baja, semanas y semanas, mientras el drama ha ido en aumento y la represión policial y militar ya ha hecho entrada en el escenario de esa drama, con sus alambres de espinos (fabricados muchos de ellos en España, por cierto), para que no pasen, caigan heridos o mueran en el intento. Levantar muros no servirá de nada, más que alterar las rutas de tránsito y enriquecer a las mafias. Tampoco estoy seguro que sirva de mucho conceder millones de euros a Turquía para que impida la salida de la población que inicialmente se refugió allí, por el simple hecho ya comentado que la gente no ve posibilidades de regreso, especialmente a Siria, por la brutalidad de la guerra, la descomposición del país y la destrucción de las ciudades. Corremos el riesgo, además, de que esa oferta a Turquía sirva de excusa para abandonar aún más a la población kurda de aquel país, que ha visto como el conflicto siriano ha servido de excusa para que Turquía abandonara el proceso de negociación que ya tenía en marcha.

La Unión Europea no ha sido capaz de montar un doble dispositivo de emergencia: el de la identificación y el del transporte. Para tener el estatuto de refugiado hay que proceder a un trámite de identificación previo. Es comprensible y necesario. Pero cuando el éxodo es de decenas y centenares de miles de personas, el ACNUR no puede dar abasto; necesita de la ayuda de personal preparado, que no es nada complicado, que esté sobre el terreno, desde los campos de refugiados de salida o en los primeros puntos fronterizos de la UE. Y me refiero a un dispositivo de unos pocos miles de personas, perfectamente reclutables entre los 500 millones de ciudadanos de la UE. Las actuales oficinas encargadas de conceder permisos de refugiados y de asilados, que son cosas diferentes, aunque muchos medios de comunicación los confundan, no pueden absorber el flujo actual de demandantes. Es una vergüenza, una más en todo el proceso, ver colas de días a la espera de obtener un número que les permita realizar el trámite mágico, el que abre las puertas legales a la pobre Europa, tan orgullosa de sí misma, pero tan incapaz de planificar lo inevitable. Y un segundo aspecto a comentar. ¿Cómo podemos ser tan profundamente incompetentes para no aportar medios de transporte terrestres, navales, ferroviarios y aéreos, para facilitar el viaje de esos caminantes, peregrinos forzados? ¿Acaso la rica Europa no dispone de autocares, trenes y barcos de transporte o transatlánticos, como para organizar una venida digna de estas personas? Hay ciudades españolas y europeas, y muchas universidades, que ya han montado un dispositivo de acogida, pero que tardarán unos meses en recibir a sus nuevos huéspedes, perdidos en las fronteras, por la burocracia y la falta de prevención, sin saber su destino final. No tiene explicación. O los mandatarios toman decisiones rápidas o con sentido de humanidad, o me temo que muchos europeos, y yo el primero, nos daremos de baja de esa vieja Europa que se ha unido, eso sí, en la más profunda indignidad. Sería deseable, finalmente, que a las puertas de las elecciones generales, los grandes partidos del momento manifestaran si están dispuestos a dar la mano, y con generosidad, a quienes ahora tienen necesidad de ayuda urgente, abandonando la terrible tentación de algunos sectores, tras los hechos de París, de confundir la totalidad de esta población refugiada con potenciales suicidas criminales o terroristas. Que nunca paguen justos por pecadores.

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